TEATRO MAYOR DE BOGOTÁ – La consolidación de un centro cultural.

NOTA INFORMATIVA DE BLOG BOGOTÁ:

El siguiente artículo se  transcribe para dar importancia al trabajo cultural que está haciendo el Teatro Mayor en la ciudad de Bogotá. Felicitamos al autor del comentario, Sandro Romero (Vive in).

EL TEATRO MAYOR JULIO MARIO SANTO DOMINGO

He dejado pasar, a propósito, varios meses, mientras el asunto se consolidaba. Pertenezco a una generación de escépticos que, en nuestro más perdido inconsciente consideramos todas las causas perdidas. Así que cuando el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo abrió sus puertas en el norte profundo de Bogotá, el demonio que llevo adentro me tentó a imaginarme lo peor. Pero el tiempo sigue su rumbo y, cada día que pasa, el templo de la calle 170 continúa dejándonos mudos. Sí, tienen mucho dinero, sí, tienen la infraestructura, sí, tienen a un genio de la gestión cultural que se llama Ramio Osorio. Pero podrían haber empleado todos estos recursos sobrenaturales, qué se yo, en producir más cervezas, en contribuir con los grandes centros culturales de Nueva York, en vivir plácidamente en las capitales donde el arte sí vale la pena. Hoy, por fortuna, estamos viendo que los creadores del Centro Cultural Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo han pisado el acelerador a fondo. Y se están comprometiendo, no sólo con la consolidación de un espacio envidiable en cualquier parte del mundo, sino que se lanzaron con una programación de espectáculos que uno no se encuentra a la vuelta de la esquina en ninguno de nuestros sueños más remotos. Bogotá, no es necesario repetirlo, se ha convertido en una ciudad descomunal, donde cada vez es más difícil que coexista el norte con el centro, el sur con el oriente, el occidente con la cima de las montañas. Desplazarse para presenciar un espectáculo artístico hay que pensarlo dos y tres veces. Así que, poco a poco, los centros culturales del norte comienzan a abrirse el espacio necesario para que sus vecinos se sientan a gusto con lo que el mundo del arte le está ofreciendo. Allí, al lado de sus casas. Lo digo, pensando en mi propia geografía. A pesar de hacer esfuerzos por lo contrario, para mí Bogotá comenzaba en la plaza de Bolívar y terminaba en la calle 100. Nada tenía que hacer en el norte profundo, salvo llevar a mi hijo a que jugase al fútbol los fines de semana, en unas canchas que para mí eran como llegar a otro planeta. Ahora, no me puedo resistir a la idea de ir al polo norte, al Teatro Santo Domingo, por lo menos dos o tres veces al mes. Así como antaño íbamos al Teatro Colón en el centro de la ciudad, ahora tenemos una parada más (¡y qué parada!) en el corazón de Suba. No voy a repetir la información que cualquier curioso puede consultar en Internet. Quisiera, a través de estas líneas, manifestar mi entusiasmo por lo que me ha tocado vivir allí, no sólo como público sino también como cómplice creador de algunos espectáculos.

Desde la semana de su inauguración, a finales del mes de mayo de 2010, comenzaron las sorpresas en el Teatro Mayor. Creo, por lo demás, que fue la única vez, en los ocho años de gobierno, en la que vi al presidente Álvaro Uribe Vélez inaugurando un evento cultural. En su discurso habló de lejanos paisajes y de monasterios en Oxford. En medio de la galería de invitados galantes se destacaba Julio Mario Santo Domingo a quien no conocía sino como una versión en español del Ciudadano Kane de Orson Welles. Las mil trescientas veintidós sillas del Teatro Mayor las ocupábamos animales de todo tipo, desde teatreros alucinados hasta bailarines enérgicos, desde compositores silenciosos hasta escritores sin dueño. Al lado del gran escenario, terminaban los detalles del Teatro Estudio, un espacio alterno para trescientos espectadores en el que cualquier bête de scène se relame por habitarlo. Esa noche hubo concierto de gala, la coral Santa Cecilia cantó los himnos protocolarios y, sin pensar en el más allá, comenzó la historia de un nuevo escenario de privilegio para nuestra aturdidísima patria. ¿Pero qué es lo que van a programar aquí?, nos preguntábamos todos, al ver las dimensiones del escenario, su boca descomunal, su acústica diseñada hasta para los oídos sordos, su intimidad eclesiástica, su telón de otros tiempos. Todo parecía inventado para otros mundos menos agrietados que el nuestro. Sin embargo, sin darle tiempo al tiempo, comenzó a responderse la pregunta. No pasaron muchos días hasta que el alud de conciertos, de espectáculos de danza, de recitales, de deliciosos especímenes del rock, de músicas del mundo, en fin, de colores locales, primarios o complementarios, se encargaron de darle vida a su escenario. No hay día en el que no haya algo que ver en su programación. O hay espectáculos para colegios, o hay programación para el barrio, o hay galas envidiables, o hay visitantes de primerísimo nivel que se cuelan en Colombia por primera vez. En sus escasos siete meses de vida, hemos visto allí al Teatro La Cuadra de Sevilla y su Traviata flamenca; hemos visto, quién lo creyera, a la compañía de danza Pilobolus y su espectáculo de sombras titulado Shadow Land; hemos aplaudido a la inmensa Jessye Norman con su repertorio del teatro musical norteamericano. Allí han estado los tangos de Cecilia Rossetto y la Orquesta Sinfónica de Colombia, el tenor Fernando de la Mora y Jorge Velosa con sus Carrangueros. Para no ir más lejos, cerrando el mes de diciembre de 2010, el teatro se coronó, durante dos días, con la presencia sobrenatural del genio de Barquisimeto Gustavo Dudamel, dirigiendo la orquesta binacional colombo-venezolana, sacudiendo las estructuras del teatro con los doscientos músicos que se encargaron de interpretar la Segunda Sinfonía de Mahler. Por su parte, el Teatro Estudio ha acogido lo mejor de la escena colombiana: desde Carlota Llano y su Columpio de Vuelo, hasta Incolballet de Cali, desde las obras de cámara del maestro Jaime León, hasta los cuatro montajes de Dostoievski del Teatro Libre de Bogotá. En lo que a mí concierne, me he podido colar en dos ocasiones bolivarianas en ambos escenarios: con los Fragmentos de un sueño del Teatro Malandro de Suiza, bajo la dirección de Omar Porras, donde colaboré con la dramaturgia del espectáculo. Y en el Teatro Estudio, con el monólogo que le dirigí al actor Sebastián Ospina. Lo que más emociona de todo este asunto es que las dos salas viven llenas. Si algo nos cuesta trabajo a todos los que nos dedicamos a esta aventura de las artes escénicas es la consolidación de un público. El Teatro Santo Domingo lo ha conseguido desde sus inicios. Y allí se siente, sin lugar a dudas, la mano maestra de Ramiro Osorio quien sabe como nadie qué hay que hacer para llenar las salas en el siglo XXI.

Para completar, en el año 2011 se vienen con todo: del compositor norteamericano Philip Glass a la leyenda de Cabo Verde Cesaria Evora, del Odin Teatro de Diamarca a su majestad John Malkovich, del guitarrista flamenco Tomatito al Ballet de Leipzig, del pianista Cyprien Katsaris (a quien ya vimos en el 2010, cómo no, en el Teatro Mayor) a una gran antología española de zarzuela. Una programación de lujo a cómodos precios ya está disponible para que vayamos organizando nuestras agendas culturales. En Europa uno se sorprende y hasta se ríe cuando ve a sus amigos comprando boletas para espectáculos que se presentarán seis meses, un año y hasta dos años después. Pues parece que en Bogotá nos va a tocar hacer lo mismo, ya no sólo para el Festival Iberoamericano de Teatro, sino para la privilegiada programación del Teatro Santo Domingo. ¿Que esto es un asunto de élites? Por supuesto que sí. El Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo tiene el inmenso desafío de integrar al gran público a la élite de las artes. Porque no hay que ser un gran sociólogo como para saber que es a través de la cultura que los países logran sus más altos grados de tolerancia. En otras palabras, la tolerancia es la cultura. El progreso, la erradicación de la pobreza, las ciudades organizadas están ligadas directamente con los niveles de acceso a la cultura que tengan, que tengamos, sus habitantes. De allí salen los espectadores y también sus intérpretes. El ejemplo del sistema de orquestas que ha producido prodigios como el de Gustavo Dudamel es más que elocuente. Entre nosotros estuvo la semana pasada su gestor, José Antonio Abreu, el Director Fundador y Sembrador de Ilusiones quien es el principal protagonista de que miles de jóvenes de América Latina y el Caribe se entusiasmen por las músicas del mundo. Como Dudamel y sus colegas. Su impronta es el resultado de muchas décadas en las que se han puesto los espacios y la infraestructura creativa de un país al servicio de la anhelada mayoría. Porque no se trata de que nos quedemos toda la vida lamentándonos de nuestras miserias, sino de encontrar los caminos para que la élite seamos todos.

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