20 junio, 2014

ELLA EN SHAKESPEARE

ELLA EN SHAKESPEARE con Alejandra BorreroEs una obra que quiere demostrar como el teatro de William Shakespeare habita en las mujeres de Colombia, en su sufrimiento, en su culpa, en sus almas heridas.

Muchas historias violentas de Shakespeare se han repetido y se repiten en la actualidad. Estas historias comparadas serán llevadas al escenario por Alejandra Borrero bajo la dirección de Manuel Orjuela, con la intención de invitar a reflexionar al público colombiano sobre el mundo medieval que aún gobierna nuestros corazones.

Artista Principal: Alejandra Borrero

FECHA: Temporada haste el 5 de Julio de 2.014 – Jueves, Viernes y Sábado.

ESCENARIO: Teatro Casa E – Sala Arlequín.

HORA: Jueves – Viernes: 8pm / Sábado: 6pm – 8pm

ENTRADAS: Tu Boleta y Taquilla del teatro

VIP $45.000 + 6.000*
General $35.000 + 6.000*

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22 mayo, 2014

CHOCQUIBTOWNChocQuibTown con una mezcla de sonidos urbanos y folclor del litoral pacífico han logrado el éxito de manera independiente; convirtiéndose en los embajadores de la música colombiana por el mundo. Su innovador sonido fusiona el funk, el hip hop norteamericano, el ragga jamaiquino y elementos de la música electrónica para producir elaborados beats; así mismo con los ritmos tradicionales de la costa Pacífica colombiana, tales como bunde, currulao, bambazú y aguabajo; con otros de Latinoamérica y el caribe como la salsa. Choc Quib Town (Chocó Quibdo Nuestro pueblo),nombre con el que rinden homenaje a la tierra donde nacieron los líderes del grupo Gloria “Goyo” Martínez, su hermano Miguel “Slow” Martínez y Carlos “Tostao” Valencia.

Este grupo creado en el año 2000 y que al pasar del tiempo se ha convertido en una propuesta musical que ha alcanzado expectativas mas allá de las imaginadas, no solo por sus integrantes, que han puesto en este proyecto sudor, lágrimas, amor y toda la pasión que sienten por su música; también por la gente del Pacifico Colombiano y Colombia que poco a poco ha ido reconociendo el sonido que quiere rescatar la música tradicional del Pacifico que estaba quedando en el baúl de los recuerdos, un sonido que esta hablando por una generación de jóvenes que querían escuchar la mezcla de lo tradicional con el Funk, la salsa, el hiphop y elementos contemporáneos que ha tomado esta agrupación para lograr una nueva generación musical que ha sido entregada en discos y compilados de éxito internacional.

FECHA: Viernes 23 de Mayo 2.014

ESCENARIO: teatro Jorge Elíecer Gaitán 

HORA: 8 pm

ENTRADAS: $22.000 – $86.000 más servicio de Tu Boleta.

VIDEO http://www.youtube.com/watch?v=6mgQhOa4nks

FUENTE: Tu Boleta

5 mayo, 2014

GUSTAVO OSORIO: OCHO AÑOS BUSCANDO SER REY VALLENATO

Quizás hubo otros favoritos en la final que eligió a Gustavo Osorio Picón. Él mismo se definía en su primera mañana de reinado como “un desconocido”, pero se alzó con el título de rey vallenato, 2013. Sin embargo, en las listas del Festival de la Leyenda Vallenata, su nombre aparece como rey infantil de 1985. Tenía 12 años, venía de Río de Oro, un pueblo colonial del sur del Cesar y, al ganar, supo que tendría que volver por la corona más importante.

Osorio, de 41 años, no tiene la “dinastía musical” de la que otros acordeoneros se precian. Era niño cuando a su padre le enseñaron a tocar tres canciones: ‘039’, ‘La pisinga’ y ‘El Chevrolito’ y se compró un acordeón para tocarlas. Pero fue él quien se dio a la tarea de descifrar el instrumento y aprendió a interpretarlo.

Osorio se hizo administrador de empresas, pero no ejerció. El acordeón pesó más. Armó su propio conjunto musical en Santa Marta y participó en festivales. Obtuvo coronas en escenarios como el Festival Cuna de Acordeones, de Villanueva (La Guajira), en 1993. “Fui rey en el Festival del Indio Tayrona en Santa Marta, en el 2005 –enumera– y gané en el Festival Provinciano de Pivijay (Magdalena)”.

Sopesando los galardones que tenía hasta el 3 de mayo por la noche, decidió que su grupo llevaría su nombre y el título de realeza musical más importante obtenido: Gustavo Osorio Rey Cuna de Acordeones.

Buscó la corona de Valledupar ocho veces con esta. El año pasado quedó de tercero detrás de Wilber Mendoza (primero) y de Alfonso Monsalvo (segundo). Contaba en su equipo con el guacharaquero Álvaro ‘el Ñame’ Mendoza (que ha llevado a la final a ocho reyes vallenatos, incluido Osorio). En el 2013 las cosas no se dieron. “Quizás fue porque tomé la decisión de participar a última hora –recuerda–. Pero el tercer puesto nos animó a prepararnos mejor este año”. Y volvió junto con el ‘Ñame’ y Adelmo Granados –otro cotizado festivalero– en la caja. Juntos superaron a más de 80 acordeoneros, a lo largo de tres días de competencia.

En las eliminatorias, Osorio siempre sacó el máximo puntaje posible, algo que no daba certezas, pues quedaba empatado con más de una decena de acordeoneros que lograban puntajes perfectos. Pero la semifinal definió su suerte. Se enfrentaría a Javier Matta, Poncho Monsalvo, Mauricio de Santis y Carlos Mendoza. Fue el último en subir a la tarima: la emoción del público y los aplausos habían estado con Matta y Monsalvo.

Su interpretación fue tranquila, sin prisa (cosa que tuvo en común con el ganador de la categoría aficionado, Camilo Molina Luna, que concursó antes).

Cuando la competencia terminó, el escenario empezó a transformarse para recibir el show de Carlos Vives y justo antes de la salida del samario se anunció su nombre y el de los demás ganadores en medio de una fiesta de fuegos artificiales. Al tiempo, se supo por las fotos que su coterráneos colgaron en Facebook, en Río de Oro celebraron también con luces y voladores.

El nuevo rey no durmió en su primera noche de reinado. “Soy de los que tocan vallenato raizal –explica–, me gusta promocionarlo y que esto prevalezca: inculcarlo a los nuevos. Sigue ponerme a disposición del Festival de la Leyenda Vallenata, para difundir el folclor”.

–Y cambiarle el nombre al grupo.

– Sí, será Gustavo Osorio, Rey Vallenato.

FUENTE: El Tiempo

2 mayo, 2014

CONFIRMADO CARLOS VIVES EN EL FESTIVAL VALLENATO

La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata confirmó en la noche de miércoles pasado la presentación del artista samario y ganador de infinidad de premios, Carlos Vives, junto a Silvestre Dangond y Martín Elías en la noche de la gran final del 47 Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Diomedes Díaz, ‘El Cacique’.

Esta velada será engalanada, además, con la final de los concursos de Acordeón Profesional, Piqueria y Canción Inédita Vallenata.

Los asistentes al Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’ y específicamente al Coliseo Cacique Upar gozaran de un montaje técnico a la altura de los grandes espectáculos, de la comodidad de un escenario que es modelo en Latinoamérica y de la seguridad de un espacio con la mejor y experimentada logística.

La Fundación acordó con el artista presentar un show excepcional con lo mejor de su más reciente trabajo discográfico que le valió ganar, recientemente un premio Billboard, y con los grandes temas de su exitosa trayectoria.

La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata continúa con su labor de conservación de la auténtica música vallenata y con la exaltación de los grandes protagonistas y artistas que han puesto muy en alto el nombre de Valledupar y su querido folclor.

Video Carlos Vives https://www.youtube.com/watch?v=vJcfAmVi6hM

29 abril, 2014

INICIO DEL 47 FESTIVAL DE LA LEYENDA VALLENATA

Esta tarde, con el tradicional desfile de piloneras, se da comienzo a las celebraciones oficiales del Festival de la Leyenda Vallenata, en su edición número 47.

Las eliminatorias comienzan mañana. Acordeoneros infantiles, juveniles y profesionales se disputarán los correspondientes títulos de “rey vallenato” en sus categorías. Y por primera vez, la organización del Festival puso como requisito que se interpretara al menos una canción compuesta o hecha famosa por Diomedes Díaz, el homenajeado central.

Cincuenta canciones inéditas compiten también por un galardón y muchas se inspiraron en la vida y obra del artista.

Las eliminatorias, en las que se evalúa la maestría a la hora de interpretar los aires paseo, merengue, puya y son, se realizarán durante el día.

Para las noches, el Festival prepara diversos conciertos en el Coliseo del Parque de la Leyenda, entre estos el del reguetonero Daddy Yankee, el jueves primero de mayo, y el del cantante pop español Enrique Iglesias, al día siguiente.

En la noche final, el 3 de mayo, cuando se elija al rey vallenato que sucederá a Wílber Mendoza Zuleta, el encuentro terminará con los conciertos de los cantantes Silvestre Dangond y Martín Elías Díaz, hijo del ‘Cacique de la Junta’.

La fiesta religiosa

Por otro lado, el Festival no olvida que eligió que su realización coincidiera cada año con una tradicional fiesta religiosa: la misa y la procesión de la Virgen del Rosario, que se celebrará hoy, a las 9 a. m., cuya base es “el milagro de la Leyenda Vallenata”, que evoca una aparición de la Virgen a indios y españoles en la Colonia.

28 abril, 2014

RELEGANDO AL ACORDEONERO?

FOTO: Álvaro Cruz Jr.

FOTO: ExpresionesCOLOMBIA.

En los tiempos que corren en el vallenato comercial, el acordeonero ha ido perdiendo protagonismo con respecto al cantante. Sin embargo, cada año, el Festival de la Leyenda Vallenata le recuerda al mundo musical que el acordeonero ha sido parte esencial, la estrella de este folclor, desde sus comienzos. Por lo mismo, nunca el rey vallenato será un cantante –las competencias del encuentro ni siquiera califican la voz–, porque la corona será siempre para el más virtuoso de los acordeoneros.

La decisión no fue por capricho, aunque sí tuvo mucho de coincidencia. “Eso fue cosa de Alfonso López Michelsen”, dice Pablo López, cajero experto que acompañó en contienda a varios reyes coronados. “Él veía que los demás departamentos del país coronaban reinas. Y con la entonces reciente creación del departamento del Cesar, en 1967, decidió que el festival, en vez de reina, tuviera un rey”.

Y tenía que ser un acordeonero. “Se pensó que el rey tenía que ser un acordeonero completo, que tocara, cantara y compusiera –recuerda Rafael Oñate Rivero–. La lógica era que tenía que ser un juglar. Y fue tan afortunado que el primer rey vallenato fue Alejandro Durán, en 1968”.

Según Oñate Rivero, estudioso del vallenato, esa primera elección le dio solidez al entonces naciente festival. Fue como el cimiento que aún hoy mantiene la fuerza de esta fiesta.

A Durán, que tocó y cantó en la competencia, le siguieron Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, Calixto Ochoa y Alberto Pacheco. Todos tocaron, fueron premiados por su interpretación en el acordeón, pero también cantaron.

Pero en un festival en 1972, un acordeonero participante, Miguel López, decidió no cantar. Lo hizo entonces su guacharaquero, quien no era otro que Jorge Oñate. Se pidió permiso para que otro miembro del conjunto cantara y le fue concedido. López se coronó como quinto rey vallenato y la excepción se volvió regla de ahí en adelante.

Oñate, intérprete de piezas como Nido de amor, también tuvo que ver en la inversión del protagonismo en la industria musical vallenata. Hacía parte del conjunto de Los Hermanos López como cantante, su nombre aparecía en letra pequeña en las grabaciones, como el que cantaba. Sigue leyendo

2 abril, 2011

FOTOS Y VIDEO DEL JUMBO CONCIERTO EN BOGOTÁ

Ingresen a expresionescolombia,co y vean la reseña con fotos y video del JUMBO CONCIERTO realizado el día 1º de abril en Bogotá.

expresionescolombia.co

31 marzo, 2011

JUMBO CONCIERTO 2011 – FOTOS DE LA RUEDA DE PRENSA

Para ver las fotos de Silvestre Dangond, J. Balvin, Santiago Cruz, Don Tetto, Daniel Calderón, y Golpe a Golpe, en la rueda de prensa previo al concierto en Bogotá, los invitamos a:

expresionescolombia.co

27 marzo, 2011

TRANSFORMACIÓN DEL BLOG

NUEVA PÁGINA WEB

Nos convertimos en: expresionescolombia.co

Así como en la química la materia no muere se TRANSFORMA, el BLOG BOGOTÁ CULTURA tomó nuevos rumbos a partir de la fecha. NUESTROS LECTORES que son el alma y corazón de esta expresión independiente de comunicación, nos sedujo con sus visitas y comentarios para crear LA PÁGINA WEB:

expresionescolombia.co

expresionescolombia.co es un portal dedicado a informar sobre las diferentes noticias culturales, artísticas, literarias, musicales, turísticas, teatrales y educativas de nuestro país. Mantendremos un espacio en la página dedicado a todas las expresiones de nuestra hermosa capital: Bogotá.

Extendemos la invitación entonces, para que nos sigan en la página hermana expresionescolombia.co; ustedes son los principales motivadores para seguir adelante en nuestro concepto de VESTIR LA MENTE DEL COLOMBIANO CON TRAJES DE CULTURA, ARTE Y MUSICA.

Mil gracias y queremos seguir con la compañia de ustedes.

Att: Dirección Blog Cultura Bogotá.

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23 marzo, 2011

JUAN G. VÁSQUEZ – Premio Alfaguara

Primer capítulo:

‘El ruido de las cosas al caer

Una sola sombra larga

Durante las semanas que siguieron, el recuerdo de Ricardo Laverde pasó de ser un asunto casual, una de esas malas pasadas que nos juega la memoria, a convertirse en un fantasma fiel y dedicado, presente siempre, su figura de pie junto a mi cama en las horas de sueño, mirándome desde lejos en las de la vigilia.
Los programas de radio de la mañana y los noticieros de la noche, las columnas de opinión que todo el mundo leía y los blogueros que no leía nadie, todos se preguntaban si era necesario matar a los hipopótamos extraviados, si no bastaba con acorralarlos, anestesiarlos, devolverlos al África; en mi apartamento, lejos del debate pero siguiéndolo con una mezcla de fascinación y repugnancia, yo pensaba cada vez con más concentración en Ricardo Laverde, en los días en que nos conocimos, en la brevedad de nuestra relación y la longevidad de sus consecuencias. En la prensa y en las pantallas las autoridades hacían el inventario de las enfermedades que puede propagar un artiodáctilo -y usaban esa palabra, artiodáctilo, nueva para mí-, y en los barrios ricos de Bogotá aparecían camisetas con la leyenda Save the hippos; en mi apartamento, en largas noches de llovizna, o caminando por la calle hacia el centro, yo comenzaba a recordar el día en que murió Ricardo Laverde, e incluso a empecinarme con la precisión de los detalles. Me sorprendió el poco esfuerzo que me costaba evocar esas palabras dichas, esas cosas vistas o escuchadas, esos dolores sufridos y ya superados; me sorprendió también con qué presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria, que a fin de cuentas nada trae de bueno y solo sirve para entorpecer nuestro normal funcionamiento, como esas bolsas de arena que los atletas se atan alrededor de las pantorrillas para entrenar. Poco a poco me fui dando cuenta, no sin algo de pasmo, de que la muerte de ese hipopótamo daba por terminado un episodio que en mi vida había comenzado tiempo atrás, más o menos como quien vuelve a su casa para cerrar una puerta que se ha quedado abierta por descuido.

Y es así que se ha puesto en marcha este relato. Nadie sabe por qué es necesario recordar nada, qué beneficios nos trae o qué posibles castigos, ni de qué manera puede cambiar lo vivido cuando lo recordamos, pero recordar bien a Ricardo Laverde se ha convertido para mí en un asunto de urgencia. He leído en alguna parte que un hombre debe contar la historia de su vida a los cuarenta años, y el plazo perentorio se me viene encima: en el momento en que escribo estas líneas, apenas unas cuantas semanas me separan de ese aniversario ominoso. La historia de su vida. No, yo no contaré mi vida, sino apenas unos cuantos días que ocurrieron hace mucho, y lo haré además con plena conciencia de que esta historia, como se advierte en los cuentos infantiles, ya ha sucedido antes y volverá a suceder.

Que me haya tocado a mí contarla es lo de menos.

El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá, entre casas viejas con tejas de barro cocido y placas de mármol que reseñan para nadie momentos históricos, y a eso de la una llegó a los billares de la calle catorce, dispuesto a jugar un par de chicos con los clientes habituales. No parecía nervioso ni perturbado cuando empezó a jugar: usó el mismo taco y la misma mesa de siempre, la que había más cerca de la pared del fondo, debajo del televisor encendido pero mudo. Completó tres chicos, aunque no recuerdo cuántos ganó y cuántos perdió, porque esa tarde no jugué con él, sino en la mesa de al lado. Pero recuerdo bien, en cambio, el momento en que Laverde pagó las apuestas, se despidió de los billaristas y se dirigió a la puerta esquinera. Iba pasando entre las primeras mesas, que suelen estar vacías porque el neón hace sombras raras sobre el marfil de las bolas en ese punto del local, cuando trastabilló como si hubiera tropezado con algo. Se dio la vuelta y volvió adonde estábamos nosotros; esperó con paciencia a que yo terminara la serie de seis o siete carambolas que había comenzado, e incluso aplaudió brevemente una a tres bandas; y después, mientras me veía marcar en el tablero los tantos que había conseguido, se me acercó y me preguntó si no sabía dónde le podían prestar un aparato de algún tipo para oír una grabación que acababa de recibir. Muchas veces me he preguntado después qué habría pasado si Ricardo Laverde no se hubiera dirigido a mí, sino a otro de los billaristas. Pero es una pregunta sin sentido, como tantas que nos hacemos sobre el pasado. Laverde tenía buenas razones para preferirme a mí. Nada puede cambiar ese hecho, así como nada cambia lo que sucedió después.

Lo había conocido a finales del año anterior, un par de semanas antes de Navidad. Yo estaba a punto de cumplir veintiséis años, había recibido mi diploma de abogado dos años atrás y, aunque sabía muy poco del mundo real, el mundo teórico de los estudios jurídicos no guardaba ningún secreto para mí. Después de graduarme con honores -una tesis sobre la locura como eximente de responsabilidad penal en Hamlet: todavía hoy me pregunto cómo logré que la aceptaran, ya no digamos que la distinguieran-, me había convertido en el titular más joven de la historia de mi cátedra, o eso me habían dicho mis mayores al momento de proponérmela, y estaba convencido de que ser profesor de Introducción al Derecho, enseñar los fundamentos de la carrera a generaciones de niños asustados que acaban de salir del colegio, era el único horizonte posible de mi vida. Allí, de pie sobre una tarima de madera, frente a filas y filas de muchachitos imberbes y desorientados y niñas impresionables de ojos constantemente abiertos, recibí mis primeras lecciones sobre la naturaleza del poder. De esos estudiantes primerizos me separaban apenas unos ocho años, pero entre nosotros se abría el doble abismo de la autoridad y del conocimiento, cosas que yo tenía y de las que ellos, recién llegados a la vida, carecían por completo. Me admiraban, me temían un poco, y me di cuenta de que uno podía acostumbrarse a ese temor y esa admiración, de que eran como una droga. A mis alumnos les hablaba de los espeleólogos que se quedan atrapados en una cueva y, al cabo de varios días, comienzan a comerse entre sí para sobrevivir: ¿les asiste o no el Derecho? Les hablaba del viejo Shylock, de la libra de carne que le iban a quitar, de la astuta Portia, que se las arregló para impedirlo con un tecnicismo de leguleyo: me divertía viéndolos manotear y vociferar y perderse en argumentos ridículos en su intento por encontrar, en la maraña de la anécdota, las ideas de Ley y de Justicia. Luego de esas discusiones académicas llegaba a los billares de la calle catorce, lugares llenos de humo y de techos bajos donde ocurría la otra vida, la vida sin doctrinas ni jurisprudencias. Allí, entre apuestas de poco dinero y tragos de café con brandy, se terminaba mi día, a veces en compañía de uno o dos colegas, a veces con alumnas que luego de unos cuantos tragos podían acabar en mi cama. Yo vivía cerca, en un décimo piso de la carrera tercera., un apartamento frío pero con buena vista hacia la ciudad erizada de ladrillo y cemento, y mi cama siempre estaba abierta para discutir en ella la concepción que tenía Cesare Beccaria de las penas, o bien un capítulo difícil de Bodenheimer, o incluso un simple cambio de nota por la vía más expedita. La vida, en esas épocas que ahora me parecen pertenecer a otro, estaba llena de posibilidades. También las posibilidades, constaté después, pertenecían a otro: se fueron extinguiendo imperceptiblemente, como la marea que se retira, hasta dejarme con lo que ahora soy.

Por esos días mi ciudad comenzaba a dejar atrás los años más violentos de su historia reciente. No hablo de la violencia de cuchilladas baratas y tiros perdidos, de cuentas que se saldan entre traficantes de poca monta, sino la que trasciende los pequeños resentimientos y las pequeñas venganzas de la gente pequeña, la violencia cuyos actores son colectivos y se escriben con mayúscula: el Estado, el Cartel, el Ejército, el Frente. Los bogotanos nos habíamos acostumbrado a ella, en parte porque sus imágenes nos llegaban con pasmosa regularidad desde los noticieros y los periódicos; ese día, las imágenes del más reciente atentado habían empezado a entrar, en forma de boletín de última hora, por la pantalla del televisor. Primero vimos al periodista que presentaba la noticia desde la puerta de la Clínica del Country, después vimos una imagen del Mercedes acribillado -a través de la ventana destrozada se veían el asiento trasero, los restos de cristales, los brochazos de sangre seca-, y al final, cuando ya los movimientos habían cesado en todas las mesas y se había hecho el silencio y alguien había pedido a gritos que le subieran el volumen al aparato, vimos, encima de las fechas de su nacimiento y de su muerte todavía fresca, la cara en blanco y negro de la víctima. Era el político conservador Álvaro Gómez, hijo de uno de los presidentes más controvertidos del siglo y él mismo candidato a la presidencia más de una vez. Nadie preguntó por qué lo habrían matado, ni quién, porque esas preguntas habían dejado de tener sentido en mi ciudad, o se hacían de manera retórica, sin esperar respuesta, como única manera de reaccionar ante la nueva cachetada.

Tomado de El Tiempo

 

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